martes, 16 de agosto de 2016

LA MARCA RELIGIÓN.


La religión es una de las criaturas del pensamiento mágico que tiene salvoconducto para ir al revés del sentido común. Gracias a este pensamiento no sólo adquirimos dioses, también ropa, cosméticos y medicamentos de marca, y toda clase de productos que nos venden desde argumentos de autoridad o tradiciones heredadas, y que adquirimos bajo pasiones y poco meditados medalaganismos. Credo quia absurdum* dice una paráfrasis inspirada en un texto de Tertuliano, y nada define mejor cómo nos manejamos con la religión.

Las más despiadadas empresas farmacéuticas o textiles, que han conseguido situar la marca por encima de sus productos, son insignificantes comparadas con las religiones. Con religión no necesitas vender pastillas de azúcar como medicina mientras te importunan autoridades recelosas, aunque tengas clientes entusiastas, porque con religión puedes hacer tu medicina con poco más que publicidad, tener la complicidad de las autoridades y a esos mismos entusiastas transformados en fanáticos.

Cuando apostamos por negocios y relaciones importantes tendemos a ser muy críticos y exigir motivos o pruebas igual de importantes, es lo razonable, pero con la religión la falta de pruebas es prueba rotunda de la realidad de todo lo que hay debajo de la marca y lo razonable en este caso es no cuestionarlo, por eso la religión nos la imponen cuando no tenemos razón. Bajo la marca Religión todo va al revés, y cuanto más improbable, extraordinario y disparatado es el producto con menos dudas se impone y con más saña se defiende. 


Helisan.

domingo, 14 de agosto de 2016

ARRESTAN ESCRITOR JORDANO POR UNA CARICATURA CONTRA ALÁ.


El gobernador de Ammán, Jaled Abu Zaid, ordenó hoy la detención del escritor jordano Nahed Hattar por haber publicado una caricatura considerada como "blasfema contra Alá", informaron a Efe fuentes gubernamentales.
Hattar, un escritor cristiano que apoya al presidente sirio, Bachar al Asad, publicó ayer una caricatura en su perfil de Facebook que representa a un musulmán en el paraíso que pide a Alá que le sirva vino y que llame a la puerta antes de entrar en su habitación.
Tras la orden de arresto, Hattar se escondió durante quince horas y luego se entregó al gobernador, después de que el Ministerio de Interior anunciara que estaba prófugo.
Abu Zaid ordenó su detención para protegerle de posibles protestas contra él y para enviarle a la judicatura el domingo por la mañana, señalaron las fuentes.
El dibujo provocó una fuerte ola de protestas por todo el país, lo que dio pie al primer ministro, Hani al Mulqui, a ordenar al ministro del Interior, Salameh Hammad, que convocase a Hattar para interrogarle y llevarle ante la justicia, donde debería recibir "el mayor castigo si es condenado".
En respuesta a las instrucciones de Al Mulqui, Abu Zaid envió anoche a las fuerzas de seguridad a que arrestasen a Hattar, pero este no se encontraba en su casa, por lo que el Ministerio de Interior lo declaró prófugo.
Por su parte, la autoridad religiosa musulmana Iftaa, de propiedad del Estado jordano, condenó en un comunicado la caricatura y señaló que "el dibujo sacrílego del Todopoderoso solo aumentará el odio y sembrará la discordia en el país".
"Aquellos que han atacado la religión bajo el pretexto de enfrentarse al extremismo y a la violencia amparan el extremismo como los extremistas, y ayudan y apoyan al extremismo y a las divisiones en el país", agregó la nota.
Iftaa hizo así referencia a los comentarios publicados en medios de comunicación que defendieron que, con su dibujo, Hattar estaba representando el comportamiento de los miembros del grupo yihadista Estado Islámico (EI).

jueves, 4 de agosto de 2016

¿ Y POR QUÉ NO HABLAS DEL ISLAM ?

No hablo del Islam porque no vivo en Irán sino en España, un país supuestamente aconfesional donde la religión católica disfruta de un evidente trato de favor. Porque da igual que seas ateo, o agnóstico, o protestante o musulmán: pagas con tus impuestos la fe católica de los demás. Porque somos uno de los últimos países de Europa que aún no ha separado la Iglesia del Estado, y mucho menos de la educación. Porque no es cierto que España sea un país mayoritariamente católico, pero vivo en una cultura que no se entiende sin la herencia cristiana, para bien y para mal. Porque es verdad que el Vaticano ha construido sobre el inmovilismo y la tradición una milenaria forma de poder, pero es innegable que algo se mueve en Roma, aunque aún no está claro si son solo palabras o también actos, un lavado de cara o una verdadera renovación.

Por todos estos motivos, y alguno más, hemos querido dedicar uno de nuestros números monográficos de eldiario.es a la Iglesia Católica, y no al Islam (esa pregunta que siempre aparece en España cuando alguien se atreve a poner la lupa sobre esta religión). Como todos nuestros Cuadernos, es un enfoque crítico. No hay periodismo en las loas y la adulación. Pero no solo hemos querido recordar la enorme lista de asuntos pendientes entre la Iglesia y el resto de la sociedad, sino también profundizar sin prejuicios en una institución tan inmensa como compleja, donde hay voces críticas que, desde dentro, también piden cambios y rechazan la hipocresía, el machismo, el inmovilismo y la corrupción en los que chapotea el Vaticano, el centro de poder que más siglos ha perdurado en la historia de la humanidad.
Algo está pasando en la Iglesia, aunque aún es pronto para medir las consecuencias que tendrá para el mundo –también para los ateos como yo– la llegada al trono de San Pedro del primer Papa aperturista en casi medio siglo. De momento, Bergoglio ofrece una nueva imagen y un nuevo discurso. ¿Mera propaganda o una verdadera renovación? Probablemente una mezcla de ambas cosas: ni tanto como a muchos nos gustaría ni tan poco como para despreciar esos cambios.
La Iglesia Católica ha llegado al siglo XXI sin digerir aún el siglo XX. Tras los gestos de apertura del Concilio Vaticano II, llego la contrarreforma. Frente a la iglesia de los pobres y la teología de la liberación, triunfó en Roma la facción más conservadora, la de los Legionarios y el Opus Dei. Durante décadas, han gobernado el Vaticano quienes argumentaban que la Iglesia retrocedía porque cedía, que abrir las puertas era la causa de la pérdida de fieles, que no era la fe la que tenía que adaptarse a los tiempos sino los tiempos los que tenían que detenerse para la fe. Así fue con Juan Pablo II y así siguió siendo hasta la inesperada renuncia de Benedicto XVI, cuando un cónclave donde era casi imposible encontrar ni un solo cardenal que no fuese o conservador o muy conservador decidió hacerse el harakiri y votar por la renovación. Es otro síntoma más de la delicadísima situación que atraviesa la Iglesia, plenamente consciente del avanzado deterioro de su imagen, su credibilidad y su poder.
Las manchas en las sotanas son muy oscuras. Durante décadas la cúpula de la Iglesia Católica ha sido cómplice de la pederastia, colaboradora necesaria de delincuentes reincidentes a los que ha arropado debajo de sus faldas, como si la ley de los hombres no estuviese por encima de la ley de dios. La ONU ha cuestionado en un durísimo informe al Vaticano por este encubrimiento sistemático y la respuesta que ha dado la Iglesia ha sido criticar a las Naciones Unidas por "interferir" en el ejercicio de la libertad religiosa. Como si ambas cuestiones tuviesen alguna relación.
El Vaticano también ha sido criticado por Estados Unidos y otros países como uno de los lugares donde el dinero más negro se blanquea con impunidad, casi un paraíso fiscal. Su banca ha servido para los más turbios negocios y uno de sus dirigentes –conocido con el apodo de 'monseñor 500', por su afición a esos billetes morados tan milagrosos de ver– ha sido recientemente detenido mientras transportaban millones de euros en efectivo desde Suiza hasta Roma. A diferencia de la lucha contra la pederastia –donde el efecto Bergoglio aún está por demostrar–, en la lucha contra la corrupción económica el nuevo Papa sí ha dado pasos valientes, dejando claro que no va a tolerar esos abusos.
Los escándalos financieros, la pederastia, las filtraciones del Vaticanleaks y su debilidad frente a los "cuervos" de la curia están detrás de la salida de Joseph Ratzinger y también de la llegada de Jorge Mario Bergoglio, un Papa que con su simple nombramiento rompió un montón de tabús. Es el primero no europeo. El primero jesuita. El primero en 598 años que ha llegado al trono de San Pedro por la renuncia y no la muerte de su antecesor. La debilidad de la Iglesia es, en cierto modo, la fuente del poder de Bergoglio; es la fuerza que le permite abordar unos cambios que durante décadas el Vaticano no quiso abordar.
El cristianismo no es en su esencia menos machista, menos homófobo o menos intolerante que las demás religiones. Todas nacen en unos siglos de ignorancia donde la mujer estaba sometida, la violencia era parte de la supervivencia y la tolerancia o la libertad de pensamiento eran valores casi inexistentes. Es ingenuo pensar que unas instituciones –sea la Iglesia Católica o el Islam– nacidas sobre cimientos tan antiguos, y levantadas sobre la premisa de poseer la verdad absoluta sobre el universo puedan moverse a la misma velocidad a la que lo hace hoy la ciencia o la sociedad; más aún cuando, durante gran parte de su historia, ha sido el monopolio del poder y la violencia, más que la autoridad moral, el método con el que han impuesto sus principios a la sociedad. No es algo tan lejano. Hace apenas cuatro décadas, España era en la práctica una teocracia no muy distinta del actual Irán, un régimen de curas y militares donde el dictador que se paseaba bajo palio había llegado al poder tras un golpe de Estado bendecido como cruzada.
Hoy España es un país donde tres de cada cuatro ciudadanos se define como católico, pero el 64% de ellos ni va a misa ni sigue los preceptos morales de la religión. Como escribe Julio Embid, es curioso el concepto de "católico no practicante". ¿Alguien llamaría "vegetarianos no practicantes" a aquellos extraños vegetarianos que comen carne? Cuando se profundiza en los datos, el tópico de España como país católico queda en cuestión. La encuesta más fiable, la declaración de la renta, da un dato muy distinto: solo un tercio de los contribuyentes se declara seguidor de la Iglesia en la intimidad de sus impuestos. España no es católica, pero sí lo son, y mucho, las élites que hoy gobiernan el país, y que pretenden eliminar derechos como el aborto contra el criterio de la mayoría de la sociedad. Por eso hay algunas reformas fundamentales en las que no cabe confiar en Bergoglio, por muy optimistas que queramos ser. Es esa separación de la Iglesia y el Estado pendiente en España que algún Gobierno, algún día, tendrá que atreverse a afrontar.

- IGNACIO ESCOLAR -

domingo, 13 de marzo de 2016

EL NOMBRE DE "DIOS".

Los cristianos por lo general llaman “Dios” a su deidad, pero en realidad no le están adjudicando ningún nombre, porque “Dios” no es ningún nombre propio, es solamente un sustantivo, es decir, una palabra que sirve “para designar personas, animales, conceptos o elementos, ya sean reales o existentes sólo en la mente humana.” Por tanto, “Dios” se refiere a cualquier deidad, por lo que de hecho, resulta gramaticalmente incorrecto escribir esta palabra con mayúscula, como si fuera un nombre propio. Otros cristianos sin embargo, se refieren a su deidad con el nombre de Jehová, o incluso Yahvé.
En realidad, el dios creador de los cristianos es el descrito en el Antiguo Testamento, especialmente en los primeros cinco libros llamados Pentateuco, que corresponden aproximadamente a la Torá judía. Pero resulta que ese dios judaico tenía un nombre que nadie, a excepción del sumo sacerdote, conocía. Ellos lo escribían con cuatro letras consonantes que corresponden aproximadamente a YHWH en el alfabeto latino. Pero como carecía de vocales, nadie sabía cómo sonaba. Así que al ver estas cuatro letras, que se conocen como Tetragrámaton, los judíos se referían a su deidad en forma indirecta con palabras como Adonay (Señor mío). Siguiendo esta costumbre, la traducción latina llamada Vulgata, sustituyó el Tetragrámaton por “Dominicus” (Señor). Y esto continuó cuando el Pentateuco fue traducido a idiomas europeos. Así, en 1530, cuando William Tyndale publicó su versión inglesa, aunque utilizó el nombre de Iehouah en varios versículos, aplicó simplemente la palabra “Dios” en el resto. Otros traductores siguieron el ejemplo, y en la mayoría de los casos sustituyeron el nombre del dios judeocristiano por “Señor” o “Dios”, aunque en otros textos las letras YHWH fueron interpretadas con algún sonido, imponiéndose al final los de Jehová y Yahvé.
Así que cuando los cristianos hablan de “Dios”, en definitiva se están refiriendo al sanguinario Yahvé-Jehová descrito en el Antiguo Testamento, pero cuando utilizan la palabra “Dios”, con mayúscula, lo hacen impropiamente como si se tratara de un nombre propio, porque en realidad, ni siquiera saben cómo se llama este supuesto ser. Y obviamente, habría que suponer que ese nombre se lo puso él mismo, sin ninguna ceremonia de bautismo y sin ningún registro civil. Por cierto, ¿no es una contradicción más del concepto de “Dios”, que este supuesto ser supremo y perfecto tenga algún nombre, tal como ocurre con los simples mortales? Además, esto significa que este supuesto Ser Supremo es un individuo, un ser personal. ¿No es esa otra limitante para un Ser supuestamente Perfecto?

sábado, 27 de febrero de 2016

LA INCULTURA MATA.


Vivimos tiempos de libertad, todo lo matizada que quiera, pero también de supuestos equivocados. La libertad de pensamiento y de creencia, por ejemplo, es esencialmente positiva, hasta que topa con alguna de las trampas y abismos que roen su superficie.
Uno tiene la libertad de creer lo que le dé la gana, confiar en lo que le dé la gana, arrodillarse frente a quien quiera y racionalizar la condición humana de la forma que le parezca. Vivir en esta bola de barro, asumir la propia condición finita y miserable, comprender que hay un momento en el que el 'yo' se funde en la negrura y que después no hay nada, no hay más yo, y que el universo sigue y continúa, es una opción demasiado difícil para muchos. Desde que el mundo es mundo, desde que el primer hombre miró por encima del hombro a las sombras que se agitaban en la oscuridad, más allá de la luz de la hoguera, hemos necesitado explicar empleando la fe.
El problema es que la fe no cura el cáncer. La quimioterapia sí.
Se llaman milagros por alguna razón. Se llaman milagros porque lo normal es que no ocurran. Confiarse al milagro y confiarse a la lotería para pagar el alquiler cuando uno está al borde del desahucio son situaciones idénticas. Solo un loco las cometería. El cuerdo va al médico y apuesta por el método científico, con más probabilidades de dar en la diana.
Si a uno le ponen a pie firme a un sacerdote y a un médico, uno charlará con el primero y se pondrá en manos del segundo. No hay mucha discusión. Encontrar el consuelo no está reñido con el tratamiento, e incluso puede ayudar. El problema comienza cuando en lugar del sacerdote, cuya propuesta es clara y transparente, el enfermo tiene que elegir entre médico y curandero. El médico va a someterle a un tratamiento invasivo y antinatural que envenenará el cuerpo, ocasionará vómitos, mareos, dolor. El curandero llegará con un método natural, poco invasivo, amable. Como las vitaminas que le ofrecieron a Mario Rodríguez, un chico valenciano de 21 años, que abandonó la quimioterapia en favor de un método mucho más fácil. Murió seis meses después, diciéndole a su padre entre lágrimas que se había equivocado. Mario tenía derecho a tener fe en una terapia alternativa, por supuesto. Tenía la libertad de acogerse a una opción menos transitada, de confiar en quien le ofrecía un camino más sencillo. Murió por ejercer mal la libertad. Solo es una víctima.
Lo que le mató no fue el cáncer, sino la incultura. Fue la falsa tolerancia, la blandura mediocre con la que tratan a los charlatanes quienes pueden evitar que estos medren. Como el cáncer, alimentándose de un fallo del sistema que no aniquila lo perjudicial cuando está a tiempo. Ojalá fuese el último. No lo será.
Juan Gómez-Jurado.