jueves, 4 de agosto de 2016

¿ Y POR QUÉ NO HABLAS DEL ISLAM ?

No hablo del Islam porque no vivo en Irán sino en España, un país supuestamente aconfesional donde la religión católica disfruta de un evidente trato de favor. Porque da igual que seas ateo, o agnóstico, o protestante o musulmán: pagas con tus impuestos la fe católica de los demás. Porque somos uno de los últimos países de Europa que aún no ha separado la Iglesia del Estado, y mucho menos de la educación. Porque no es cierto que España sea un país mayoritariamente católico, pero vivo en una cultura que no se entiende sin la herencia cristiana, para bien y para mal. Porque es verdad que el Vaticano ha construido sobre el inmovilismo y la tradición una milenaria forma de poder, pero es innegable que algo se mueve en Roma, aunque aún no está claro si son solo palabras o también actos, un lavado de cara o una verdadera renovación.

Por todos estos motivos, y alguno más, hemos querido dedicar uno de nuestros números monográficos de eldiario.es a la Iglesia Católica, y no al Islam (esa pregunta que siempre aparece en España cuando alguien se atreve a poner la lupa sobre esta religión). Como todos nuestros Cuadernos, es un enfoque crítico. No hay periodismo en las loas y la adulación. Pero no solo hemos querido recordar la enorme lista de asuntos pendientes entre la Iglesia y el resto de la sociedad, sino también profundizar sin prejuicios en una institución tan inmensa como compleja, donde hay voces críticas que, desde dentro, también piden cambios y rechazan la hipocresía, el machismo, el inmovilismo y la corrupción en los que chapotea el Vaticano, el centro de poder que más siglos ha perdurado en la historia de la humanidad.
Algo está pasando en la Iglesia, aunque aún es pronto para medir las consecuencias que tendrá para el mundo –también para los ateos como yo– la llegada al trono de San Pedro del primer Papa aperturista en casi medio siglo. De momento, Bergoglio ofrece una nueva imagen y un nuevo discurso. ¿Mera propaganda o una verdadera renovación? Probablemente una mezcla de ambas cosas: ni tanto como a muchos nos gustaría ni tan poco como para despreciar esos cambios.
La Iglesia Católica ha llegado al siglo XXI sin digerir aún el siglo XX. Tras los gestos de apertura del Concilio Vaticano II, llego la contrarreforma. Frente a la iglesia de los pobres y la teología de la liberación, triunfó en Roma la facción más conservadora, la de los Legionarios y el Opus Dei. Durante décadas, han gobernado el Vaticano quienes argumentaban que la Iglesia retrocedía porque cedía, que abrir las puertas era la causa de la pérdida de fieles, que no era la fe la que tenía que adaptarse a los tiempos sino los tiempos los que tenían que detenerse para la fe. Así fue con Juan Pablo II y así siguió siendo hasta la inesperada renuncia de Benedicto XVI, cuando un cónclave donde era casi imposible encontrar ni un solo cardenal que no fuese o conservador o muy conservador decidió hacerse el harakiri y votar por la renovación. Es otro síntoma más de la delicadísima situación que atraviesa la Iglesia, plenamente consciente del avanzado deterioro de su imagen, su credibilidad y su poder.
Las manchas en las sotanas son muy oscuras. Durante décadas la cúpula de la Iglesia Católica ha sido cómplice de la pederastia, colaboradora necesaria de delincuentes reincidentes a los que ha arropado debajo de sus faldas, como si la ley de los hombres no estuviese por encima de la ley de dios. La ONU ha cuestionado en un durísimo informe al Vaticano por este encubrimiento sistemático y la respuesta que ha dado la Iglesia ha sido criticar a las Naciones Unidas por "interferir" en el ejercicio de la libertad religiosa. Como si ambas cuestiones tuviesen alguna relación.
El Vaticano también ha sido criticado por Estados Unidos y otros países como uno de los lugares donde el dinero más negro se blanquea con impunidad, casi un paraíso fiscal. Su banca ha servido para los más turbios negocios y uno de sus dirigentes –conocido con el apodo de 'monseñor 500', por su afición a esos billetes morados tan milagrosos de ver– ha sido recientemente detenido mientras transportaban millones de euros en efectivo desde Suiza hasta Roma. A diferencia de la lucha contra la pederastia –donde el efecto Bergoglio aún está por demostrar–, en la lucha contra la corrupción económica el nuevo Papa sí ha dado pasos valientes, dejando claro que no va a tolerar esos abusos.
Los escándalos financieros, la pederastia, las filtraciones del Vaticanleaks y su debilidad frente a los "cuervos" de la curia están detrás de la salida de Joseph Ratzinger y también de la llegada de Jorge Mario Bergoglio, un Papa que con su simple nombramiento rompió un montón de tabús. Es el primero no europeo. El primero jesuita. El primero en 598 años que ha llegado al trono de San Pedro por la renuncia y no la muerte de su antecesor. La debilidad de la Iglesia es, en cierto modo, la fuente del poder de Bergoglio; es la fuerza que le permite abordar unos cambios que durante décadas el Vaticano no quiso abordar.
El cristianismo no es en su esencia menos machista, menos homófobo o menos intolerante que las demás religiones. Todas nacen en unos siglos de ignorancia donde la mujer estaba sometida, la violencia era parte de la supervivencia y la tolerancia o la libertad de pensamiento eran valores casi inexistentes. Es ingenuo pensar que unas instituciones –sea la Iglesia Católica o el Islam– nacidas sobre cimientos tan antiguos, y levantadas sobre la premisa de poseer la verdad absoluta sobre el universo puedan moverse a la misma velocidad a la que lo hace hoy la ciencia o la sociedad; más aún cuando, durante gran parte de su historia, ha sido el monopolio del poder y la violencia, más que la autoridad moral, el método con el que han impuesto sus principios a la sociedad. No es algo tan lejano. Hace apenas cuatro décadas, España era en la práctica una teocracia no muy distinta del actual Irán, un régimen de curas y militares donde el dictador que se paseaba bajo palio había llegado al poder tras un golpe de Estado bendecido como cruzada.
Hoy España es un país donde tres de cada cuatro ciudadanos se define como católico, pero el 64% de ellos ni va a misa ni sigue los preceptos morales de la religión. Como escribe Julio Embid, es curioso el concepto de "católico no practicante". ¿Alguien llamaría "vegetarianos no practicantes" a aquellos extraños vegetarianos que comen carne? Cuando se profundiza en los datos, el tópico de España como país católico queda en cuestión. La encuesta más fiable, la declaración de la renta, da un dato muy distinto: solo un tercio de los contribuyentes se declara seguidor de la Iglesia en la intimidad de sus impuestos. España no es católica, pero sí lo son, y mucho, las élites que hoy gobiernan el país, y que pretenden eliminar derechos como el aborto contra el criterio de la mayoría de la sociedad. Por eso hay algunas reformas fundamentales en las que no cabe confiar en Bergoglio, por muy optimistas que queramos ser. Es esa separación de la Iglesia y el Estado pendiente en España que algún Gobierno, algún día, tendrá que atreverse a afrontar.

- IGNACIO ESCOLAR -

domingo, 13 de marzo de 2016

EL NOMBRE DE "DIOS".

Los cristianos por lo general llaman “Dios” a su deidad, pero en realidad no le están adjudicando ningún nombre, porque “Dios” no es ningún nombre propio, es solamente un sustantivo, es decir, una palabra que sirve “para designar personas, animales, conceptos o elementos, ya sean reales o existentes sólo en la mente humana.” Por tanto, “Dios” se refiere a cualquier deidad, por lo que de hecho, resulta gramaticalmente incorrecto escribir esta palabra con mayúscula, como si fuera un nombre propio. Otros cristianos sin embargo, se refieren a su deidad con el nombre de Jehová, o incluso Yahvé.
En realidad, el dios creador de los cristianos es el descrito en el Antiguo Testamento, especialmente en los primeros cinco libros llamados Pentateuco, que corresponden aproximadamente a la Torá judía. Pero resulta que ese dios judaico tenía un nombre que nadie, a excepción del sumo sacerdote, conocía. Ellos lo escribían con cuatro letras consonantes que corresponden aproximadamente a YHWH en el alfabeto latino. Pero como carecía de vocales, nadie sabía cómo sonaba. Así que al ver estas cuatro letras, que se conocen como Tetragrámaton, los judíos se referían a su deidad en forma indirecta con palabras como Adonay (Señor mío). Siguiendo esta costumbre, la traducción latina llamada Vulgata, sustituyó el Tetragrámaton por “Dominicus” (Señor). Y esto continuó cuando el Pentateuco fue traducido a idiomas europeos. Así, en 1530, cuando William Tyndale publicó su versión inglesa, aunque utilizó el nombre de Iehouah en varios versículos, aplicó simplemente la palabra “Dios” en el resto. Otros traductores siguieron el ejemplo, y en la mayoría de los casos sustituyeron el nombre del dios judeocristiano por “Señor” o “Dios”, aunque en otros textos las letras YHWH fueron interpretadas con algún sonido, imponiéndose al final los de Jehová y Yahvé.
Así que cuando los cristianos hablan de “Dios”, en definitiva se están refiriendo al sanguinario Yahvé-Jehová descrito en el Antiguo Testamento, pero cuando utilizan la palabra “Dios”, con mayúscula, lo hacen impropiamente como si se tratara de un nombre propio, porque en realidad, ni siquiera saben cómo se llama este supuesto ser. Y obviamente, habría que suponer que ese nombre se lo puso él mismo, sin ninguna ceremonia de bautismo y sin ningún registro civil. Por cierto, ¿no es una contradicción más del concepto de “Dios”, que este supuesto ser supremo y perfecto tenga algún nombre, tal como ocurre con los simples mortales? Además, esto significa que este supuesto Ser Supremo es un individuo, un ser personal. ¿No es esa otra limitante para un Ser supuestamente Perfecto?

sábado, 27 de febrero de 2016

LA INCULTURA MATA.


Vivimos tiempos de libertad, todo lo matizada que quiera, pero también de supuestos equivocados. La libertad de pensamiento y de creencia, por ejemplo, es esencialmente positiva, hasta que topa con alguna de las trampas y abismos que roen su superficie.
Uno tiene la libertad de creer lo que le dé la gana, confiar en lo que le dé la gana, arrodillarse frente a quien quiera y racionalizar la condición humana de la forma que le parezca. Vivir en esta bola de barro, asumir la propia condición finita y miserable, comprender que hay un momento en el que el 'yo' se funde en la negrura y que después no hay nada, no hay más yo, y que el universo sigue y continúa, es una opción demasiado difícil para muchos. Desde que el mundo es mundo, desde que el primer hombre miró por encima del hombro a las sombras que se agitaban en la oscuridad, más allá de la luz de la hoguera, hemos necesitado explicar empleando la fe.
El problema es que la fe no cura el cáncer. La quimioterapia sí.
Se llaman milagros por alguna razón. Se llaman milagros porque lo normal es que no ocurran. Confiarse al milagro y confiarse a la lotería para pagar el alquiler cuando uno está al borde del desahucio son situaciones idénticas. Solo un loco las cometería. El cuerdo va al médico y apuesta por el método científico, con más probabilidades de dar en la diana.
Si a uno le ponen a pie firme a un sacerdote y a un médico, uno charlará con el primero y se pondrá en manos del segundo. No hay mucha discusión. Encontrar el consuelo no está reñido con el tratamiento, e incluso puede ayudar. El problema comienza cuando en lugar del sacerdote, cuya propuesta es clara y transparente, el enfermo tiene que elegir entre médico y curandero. El médico va a someterle a un tratamiento invasivo y antinatural que envenenará el cuerpo, ocasionará vómitos, mareos, dolor. El curandero llegará con un método natural, poco invasivo, amable. Como las vitaminas que le ofrecieron a Mario Rodríguez, un chico valenciano de 21 años, que abandonó la quimioterapia en favor de un método mucho más fácil. Murió seis meses después, diciéndole a su padre entre lágrimas que se había equivocado. Mario tenía derecho a tener fe en una terapia alternativa, por supuesto. Tenía la libertad de acogerse a una opción menos transitada, de confiar en quien le ofrecía un camino más sencillo. Murió por ejercer mal la libertad. Solo es una víctima.
Lo que le mató no fue el cáncer, sino la incultura. Fue la falsa tolerancia, la blandura mediocre con la que tratan a los charlatanes quienes pueden evitar que estos medren. Como el cáncer, alimentándose de un fallo del sistema que no aniquila lo perjudicial cuando está a tiempo. Ojalá fuese el último. No lo será.
Juan Gómez-Jurado.

viernes, 25 de diciembre de 2015

DEMETRIO FERNÁNDEZ. OBISPO DE CÓRDOBA.

El obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, ha felicitado las fiestas a sus feligreses una vez más deseando amor e incluso deseando sexo. Sexo productivo, se entiende. El sexo es algo que preocupa sobremanera a los obispos, algunos ni siquiera pueden quitárselo de la cabeza. Por eso, en su pastoral navideña, Demetrio ha cargado contra la fecundación in vitro, la ha calificado de “aquelarre químico de laboratorio” y ha instado a los padres a abrazarse mucho y a los hijos a nacer del “abrazo amoroso de los padres”. El abrazo no está mal para empezar pero de ahí difícilmente iba a nacer un niño, aunque conviene no olvidar los manuales de obstetricia tan extraños que maneja esta gente.
“Todo tipo de fecundación artificial rompe la armonía de la creación” ha explicado el obispo, sin caer en la cuenta de que la concepción de Jesús, tal y como se relata en sus libros sagrados, muy natural no parece. Creativa, sí, mucho. A la fecundación in vitro, aquelarre químico e invento de Satanás, se opone la fecundación avícola, la inseminación a base de palomas y espíritu santo. Sin embargo, a estas alturas del partido, es del domino público que el dogma de la virginidad de la Virgen María proviene de un error de traducción del hebreo al griego. En el original hebreo la palabra con que se refieren a María es “ha-almah” que se traduce por “joven” o “muchacha”, pero al traductor griego le pareció poca cosa y prefirió escribir “parthenos”, que significa “virgen” o “doncella”. Como la palabra hebrea correspondiente a virgen, “bethulah”, no aparece ni una sola vez en el texto original, resulta que la iglesia lleva ya dos milenios arrastrando un aquelarre filológico.
No es la primera vez, ni será la última, que esta eminencia eclesiástica se mete en casulla de once varas. En las navidades de 2011 montó el belén con el anuncio de que la UNESCO tiene un plan para convertir en homosexual a la mitad de la población mundial. No van a hacerlo a base de palomas. Según el obispo Fernández se trataba de una estrategia a corto plazo: en unos veinte años, gracias a lavados de cerebro que vayan inculcando la ideología de género, el mundo habría alcanzado la paridad total: mitad homosexuales, mitad heterosexuales. Da miedo pensarlo porque a la iglesia le llevó mucho más tiempo convertir a la mitad de la población del planeta en cristianos, lo que, bien mirado, resulta mucho más difícil.
Hace tres años, sin cortarse un pelo, equiparó en una de sus pastorales navideñas el asesinato de dos niños cordobeses, Ruth y José, con un aborto. En esto se demostró seguidor acérrimo de Philip K. Dick, quien en uno de sus escalofriantes relatos, Las prepersonas, imaginaba una sociedad donde la fecha de interrupción del embarazo se ampliaba hasta después del parto, en concreto, a los doce años, que es aproximadamente la edad en que una mente adquiere la capacidad de comprender el álgebra. Algunos ni a los doce ni a los sesenta y tres. Menudo ejemplo de espíritu navideño decirle a un niño fruto del amor que es hijo de un aquelarre sólo porque la medicina le ha ayudado a venir al mundo.
DAVID TORRES. 
Público.es

viernes, 4 de diciembre de 2015

RELIGIÓN Y CONSUMO.



"Buscamos el sentido y la salvación a través del mercado, que se convierte en un gran escaparate de bálsamos que apaciguan la ansiedad, y de este modo el individuo no se cuestiona el sistema y todo el mundo se adapta". 
- Griera y Urgell. -